miércoles, 15 de mayo de 2013

El silente.


El silente.

Fotografía: Jordi Coll Martínez.




Lo podría haber escrito. Tal y como se lo habían pedido. Pero nunca encontró el ánimo suficiente para enzarzarse a redactar. Definitivamente, decidió olvidarlo aquella tarde aciaga en que comenzó la lectura del relato que le recomendó, con fervor inquebrantable, su mejor amigo. Aquella narración de sensaciones que iban del frío al calor, del desasosiego al dolor, de los temores a las premuras. Aquel escrito de esbozos de un espacio y un tiempo huecos, quebrados como la cáscara de un huevo.
El título era “La luna y Orión”, o algo así. Una broma redactada con la disposición del símbolo del infinito. Un elenco de verbos y adjetivos que conducen ineluctablemente a inquietudes y ausencias, que presagian peligros.
Donde toda amenaza podía venir de arriba. Se sentía el suelo, pero se miraba a la luna y las estrellas. Se percibía el golpe del viento y los olores que empujaba. La oscuridad del cielo y las sombras, la soledad y la amenaza de lo desconocido, lo accidental…
Se le volvió a atascar la pipa de kif, entonces empezó a leer…




"Cuando la luna cruce la cabeza de Orión"

Salí el último. Con la rutina metódica de cada día comprobé que la puerta había quedado bien cerrada. Hasta mañana. Consulté otra vez la hora en mi reloj digital. Me subí la cremallera de la cazadora de piel negra para evitar la humedad crepuscular de febrero, y abandoné a paso ligero la fábrica. Hoy cambiaba el turno y el próximo día tenía que ser el primero en llegar, así que no quería perder tiempo en llegar a casa y descansar.
A esas alturas de la tarde, las calles del polígono ya estaban desiertas. La constelación de invierno empezaba a brillar en el cielo despejado. Para acortar, crucé por el sendero del último solar por edificar y subí el terraplén que separaba la zona industrial de la ciudad. Al llegar a la parte más alta, y justo antes de empezar a bajar la cuesta, vi cómo una figura humana se acercaba a paso rápido e inquietante desde las últimas calles de la ciudad. 




Corría. Corría todo lo que daban mis piernas. El corazón me iba a explotar. Tenía que esconderme en algún sitio. Pasé por detrás de unos camiones aparcados. Dejé de verle por un instante. Al colarme entre dos contenedores volvió a aparecer a lo lejos. Corría sin parar. Pero seguía en mi persecución. Tenía que perderle de vista. Me faltaba la respiración. Empecé a ganar distancia. Me deslicé por el lateral de unas casetas. Doblé un recodo y entré en un edificio. La primera ventana que vi abierta. Justo cuando me estaba escurriendo por el hueco hacia dentro, miré hacia atrás, al exterior. Ya no le vi. 




Comencé a bajar la otra vertiente del terraplén mientras le veía dirigirse hacia donde yo estaba. En un momento me crucé con él. Y en ese instante, sin pararnos, su mirada perdida en el infinito se fijó en mí, apenas un segundo, el tiempo que tardamos en rebasarnos. Pasó por mi lado, a no más de tres metros. Pude llegarle a oír una salmodia ininteligible de palabras inconexas, cuyo murmullo fue desapareciendo conforme se alejaba subiendo el repecho y yo lo iba bajando en dirección contraria.
Aunque ya quedaba a mi espalda, continuaba viendo su extraña mirada fugaz clavada en mis ojos. Proseguí avanzando unos centenares de metros, y empecé a internarme en las primeras calles de la población que el cuchillo del frío nocturno había vaciado. Me pareció sentir un rumor de pasos a mi espalda. Me giré y le vi otra vez, doblando la esquina, en la manzana anterior, tras de mí. Me invadió cierta zozobra y aceleré el paso.




Me adentré, doblando la espalda y agachando la cabeza, hacia el fondo de una galería de penumbra rectangular y techos perdidos en la oscuridad. Me parapeté detrás de unas estanterías llenas de ovillos y permanecí quieto. Parecía una fábrica de hilos. Escuché. Atisbé las sombras de alrededor. No vi a nadie, pero daba la sensación de que habían estado trabajando unas horas antes. No se oía nada sospechoso. Esperé unos segundos y pasé a la siguiente estancia. Volví a pararme. Olía a productos químicos y apenas había luz. Anduve despacio y con todo el sigilo que pude. Todo estaba en silencio. Parecía que ya no me seguía. Sólo yo estaba dentro de la nave. Seguí moviéndome por el edificio, tratando de no hacer ruido. Podía estar cerca. En la siguiente estancia, el suelo me pareció más blando, mis pasos se amortiguaron por completo, conseguí ver montones de borra que casi tocaban el techo.




Me seguía. Y yo andaba tan rápido que ya prácticamente corría. Pero no lograba dejarle atrás. Estaba claro que venía en mi persecución, y a duras penas conseguía aumentar la distancia que nos separaba. Tenía que despistarle. Volví a girar otra esquina, y otra más en cuanto pude, y otra. Pero seguía mi trayectoria, y al mismo paso que yo. Salí a una calle larga, estrecha y desierta como las demás y la crucé a lo largo, a paso ligero. Eso me llevó fuera de la ciudad. Continué en esa dirección y aumenté aún más la velocidad. Corrí abiertamente, atravesando el descampado que separaba el polígono de la población.
Cuando bajé el talud, ya corría todo lo que era capaz. No hacía ni media hora que había atravesado la misma pendiente, en dirección contraria. Al alcanzar la primera industria, me giré, y le vi descendiendo a toda prisa la misma cuesta que yo acababa de bajar. Aceleré aún más. Doblé en el extremo del siguiente almacén y salté un muro bajo. Creo que no me vio entrar en el callejón, pero seguí corriendo.




Continué con paso sigiloso por la hilatura. Adivinaba muebles, maquinarias, objetos indefinidos, en un marasmo de ausencias y sombras. Tropecé con una estantería de madera al traspasar una puerta. Me quedé parado, por si me había oído, pero no sentí ningún otro ruido. No, no había visto cómo entré en la nave industrial. No parecía haber nadie más allí dentro. Le había conseguido despistar. Podía estar seguro. Continué casi a tientas. A través de las claraboyas del techo, la luna llena trazaba en las paredes siluetas mortecinas de ovillos apilados. Entonces, los pocos pasos, me giré a la derecha. Algo había sonado cerca. Creí oír un crujido al otro lado del tabique. Me detuve, y escuché el silencio.




En todo ese trayecto, no me había cruzado con ninguna otra persona. No dejé de correr a pesar de que se me entrecortaba el aliento. Al salir del callejón, giré a la derecha. De repente se abrió la puerta del almacén más cercano y salió corriendo hacia mí. Estaba allí dentro, esperándome. Giré hacia la otra dirección, y corrí todo lo que pude por la avenida central del polígono.
No se veía a nadie. No quedaba ni un alma en las calles, ni luces en las naves. Y le volvía a tener muy cerca otra vez. Podía oír sus zancadas tras de mí. Corría tanto como no había corrido en mi vida. Torcí en la primera encrucijada. Aceleré la carrera aún más. Corría. Corría todo lo que daban mis piernas.




Crucé con cautela la sala de columnas, esquivando todos aquellos cilindros rojos. Al pasar por la puerta del fondo entré en otra dependencia más iluminada y amplia. Allí, los ovillos alineados, aún eran más grandes. Junto a una de las cristaleras vi el teléfono sobre la caja. Era una oportunidad única. Me acerqué para llamar, ahora que aparentaba no tenerle cerca. Descolgué y comencé a girar el dial. Entonces, salió del alféizar del ventanal. Tan rápido que sólo vi la barra de hierro en sus manos y cómo la levantaba para golpearme, con todas sus fuerzas, en la cabeza. Dolor insoportable… Oscuridad. Silencio…




Se cernía el amanecer. La gente del turno matinal estaba a punto de llegar. Abrí la entrada de la fábrica como tantas otras mañanas. Ni siquiera hacía doce horas que había oído crujir los mismos goznes. Al entrar y bajarme la cremallera de la cazadora sentí el frío que penetraba por la ventana abierta. Creí haberlo cerrado todo la tarde anterior.
Fui al fondo de la sala, y allí, junto a la caja de hilos sobre la que alguien puso el teléfono, le vi. El cristal del reloj digital partido. Inmóvil, la chaqueta de piel negra salpicada de rojo, tendido sobre un charco de sangre, con una tremenda herida abierta en la cabeza. Y todos aquellos cartones por el suelo, sobre los que habían rodado varios hilos encarnados que antes fueron blancos.  


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miércoles, 1 de mayo de 2013

El sombrero verde.


El sombrero verde.

Fotografía: Jordi Coll Martínez.
Textos: Martín Martínez Echevarría.




El golpeteo de la lluvia disminuía su ritmo y un relámpago iluminaba el portal de la casa haciendo coincidir el momento de cerrar la puerta con el trueno. Me volví lentamente hacia la escalera, no me fiaba del ascensor en un día como hoy, ya que no eran extraños los cortes de luz, y tranquilamente me dispuse a subir los cuatro pisos que me separaban de mi apartamento. Finalmente y con dolor en mis maltrechas rodillas llegué a mi casa. Hacia más de ocho años que la compartía con Rebeca, y ni uno solo me había arrepentido, si algo bueno había hecho en mi vida , fue emparejarla a la suya, siempre con una sonrisa, y unas ganas de vivir contagiosas. La naturaleza la hizo rubia con una frente ancha y ojos oscuros, alta, un poco más de mi metro setenta y cinco, y una conversación inteligente e interminable que me conquistó desde el primer instante en que la vi. Trabajaba de enfermera y nuestros horarios a veces no coincidían, lo normal era que ella llegara a casa por la tarde después de estar toda la noche de guardia y le esperara la comida en la mesa, detalle que me encantaba hacer. Intentábamos ser una pareja moderna y repartirnos las faenas, a mi no me costaba nada, en eso mis padre me habían educado bien y aprendí bien pronto que las mujeres no estaban para servir a los hombres y sí para respetarlas.

-¡Hoola!, Exclamé, sintiendo como el cansancio de todo el día decidía darme un pequeño respiro.

-¡Hoola! Volví ha exclamar, sin ningún resultado.

El apartamento estaba cálido, señal del trabajo del aparato del aire acondicionado, pero ninguna luz delataba la presencia de Rebeca. Mentalmente repasé la disposición de nuestras cosas, a la par que mi mirada se paseaba de un lado a otro de nuestro comedor, que hacia también las funciones de recibidor. Decepcionado, me volví y al resplandor del relámpago descubrí a Rebeca escondida tras la puerta,.Enseguida se abalanzó hacia mi, con una sonrisa en su boca que dibujó un beso en la mía y en su abrazo sentí al compás de la lejana tormenta que mi amor se desbordaba una vez más.

-¡Jajajajá! ¿Querías asustarme?

-¡Nooo, sólo pillarte desprevenido!, Me respondió poniendo esa cara de no haber roto un plato, mientras nuestros ojos se decían lo que las palabras en ese momento no expresaban.

-¿Cansado? ¡Dúchate y luego cenaremos! Me dijo mientras encendía la luz y salia encaminada hacia el estudio, donde entre montañas de libros un par de ordenadores y un equipo de música que había conocido mejores tiempos, solíamos emplear parte de nuestro tiempo libre, ella pintando y yo editando mis fotografías, afición que cada día me absorbía más y más.

-¿Te apetece que pidamos comida?Le pregunté mientras los acordes de un pletórico Neil Young se desperezaban como sorprendidos por estar nuevamente vivos después de tanto tiempo embalsamados en el vinilo.

-Hacía mucho que no escuchaba este disco, que recuerdos me trae, ¿Más o menos cuando nos conocimos?

-!Más o menos no! Justo en ese momento y ¿ En que concierto?, No espero que te acuerdes,jajajá. Respondió Rebeca.

-Pues, Radiohead, Sigur Ros, …, varios grupos resonaron en mi cabeza aunque no valía la pena intentar una respuesta al azar, y resignado compuse mi mejor sonrisa, nuevamente me había atrapado.

El agua caliente golpeaba mi rostro, limpiándome y arrojando mi suciedad y con ella mi cansancio por el desagüe de la ducha, me encantaba esa sensación, el estar rodeado de agua caliente, el murmullo ahora lejano de la música, y mis recuerdos del día presidiendo mi consciencia, que lentamente e inexorablemente volvieron a esa mañana.




-¡Esto mola de cojones, señor Cuello! Exclamaba Julius, imitando al gran Lebowsky, y los cuatro nos quedamos mudos al instante al contemplar el objeto de nuestras ilusiones. La casa se erguía solemne y altanera entre edificios de apartamentos de dos alturas, llenos de desconchados en sus blancas fachadas, como heridas antiguas todavía sin cicatrizar. En los años 20 del siglo pasado la periferia de la ciudad recibió un oleada de nuevos ricos que huían del mundanal ajetreo del centro financiero y político de la ciudad, transformando el barrio en una zona nueva en la que casas residenciales , se desplegaron por sus calles, como fichas en un tablero de ajedrez, arrebatando el terreno a las viejas y abandonadas plantaciones agrícolas. La alegría de vivir, inundaba el barrio, conciertos, exposiciones y obras de teatro pugnaban por atraer a unos espectadores deseosos de dejarse su dinero en ambientes donde el alcohol se mezclara con la cultura, “estaba de moda”. Luego vino la crisis financiera, estalló una guerra y el precio del petroleo se disparó y a la par, la carrera hacia el ocaso, Rápido creció el barrio y más rápido se precipito a su abandono por parte de la clase adinerada que merced a las nuevas tendencias prefirió alojarse cada vez más lejos de los barrios contaminados de la ciudad, mientras, la pobreza campaba ahora a sus anchas en sus antes ajetreadas y bulliciosas calles. Así que ahora habían bastantes zonas abandonas para regocijo nuestro, amantes de lo olvidado, de lo abandonado, que escuchábamos su mudo grito que nos atraía para que acudiésemos junto a ellas.




-¿Alguien sabe como vamos a entrar? Preguntó Astonio, el más joven de todos nosotros pero armado de gran talento para cualquier cosa que emprendía, y aguardando, que un día la suerte lo encontrara y le permitiera probar su valía.

-¡Demos un par de vueltas, seguro que en la parte de atrás tenemos suerte!,dijo Martinelli desde el asiento de atrás, el último en llegar al mundo que nos unía, la fotografía, pero avanzando muy deprisa.

-¡No os lo dije hombres de pacotilla y de poca fe!

Ante nosotros se desplegaba un muro, no muy alto, asequible, suficiente para nosotros. Detrás , la vegetación proclamaba su victoria, exultante y exuberante, cubriendo buena parte del edificio en su planta baja. Entre dos viejos castaños se dibujaba una oscuridad, y en nosotros como respuesta una sonrisa.

-¡Veis, la puerta! Exclamo de nuevo Julius.

-¡No tío! Vemos que falta la puerta. ¡Jajajajá! Una ancha sonrisa seguida de “cabrones”, fueron los signos que se dibujaban en su rostro, era el más viejo de todos pero nadie lo diría, había sabido conservarse bien a base de salir al monte con la bicicleta y con la fotografía, era tremendamente técnico.




Aparcamos un poco más adelante para no levantar sospechas, se apagaron los ecos de "Los Planetas”, sempiternos acompañantes, y con nuestros pertrechos nos colamos uno por uno por encima del muro y en unos palpitantes e intensos segundos nos introducimos todos por la negrura de esa “puerta”, sorteando a la dueña del lugar, a la omnipresente naturaleza que pugnaba por cubrir celosamente todo el espacio que vislumbrábamos.

-¡Joder que frio hace! Aventuraba Astonio, sin dejar de titiritar.

-¡Si que es verdad! dije, más para mi ,que como asintiendo tal descubrimiento.

-¿Hoy nos podemos separar? ¡No parece grande la casa y parece encontrarse en buenas condiciones! Soltó Martinelli, anormalmente callado en esa mañana, mientras nos íbamos preparando los trípodes, esta vez nadie pregunto si eran necesarios, y sacando las cámaras de sus fundas nos fuimos dejando atrapar por nuestros sentidos y con ellos nos dejamos llevar adentrándonos más y más en las vísceras de la vieja y ajada casa.

-¡Vigilad la escalera, sobre todo tú Cuello!

-¿Por qué Martinelli?

-Suele ser la zona donde se deterioran antes las tablas,y tienes que conducir, no sea que te lastimes.

-¿Eso y a los demás que? Somos prescindibles, imprecó Astonio.

-¡Jajajajá!




Mis ojos permanecían cerrados, el agua continuaba cayendo con fuerza sobre mi rostro, en un segundo creí que no los había abierto, porque la oscuridad me rodeaba, el ruido del trueno me había sacado de mis ensoñaciones y me decía que otra vez nos habíamos quedado sin luz, la música ya no sonaba, en el siguiente segundo, el corazón se me había helado, parado salvájemente, una mano se había posado en mi hombro unos segundos, luego descendió por mi espalda, suave y tiérnamente, rodeó mi cintura y ascendiendo se instaló en mi pecho deteniéndose mientras Rebeca terminaba de meterse en la ducha conmigo, consiguiendo que me olvidara de todo.

-¡Vaya, hoy el arroz chino te ha quedado delicioso, Cuello! Sí, ella también me llamaba así, mientras reíamos y nuestros vasos chocaban en un pequeño brindis, con dos velas encima de la mesa y el suave murmullo de  Antonio Carlos Jobim acompañándonos, mientras comíamos con ganas las delicias del restaurante que habíamos encargado.

-¿Qué tal fue vuestro día de excursión fotográfica?

-Bien, muy bien, hemos encontrado muy fácil la casa, aunque no creo que hayamos hecho una foto buena.

-¡Siempre dices lo mismo!

-Bueno siempre sale alguna, ya veremos, ¿no tienes frio?

-No, para nada, ¿te encuentras bien?

-Desde que hemos entrado en la casa no me lo he quitado, y luego la humedad y la lluvia.

-¡Resfriado te veo, termina de cenar y a dormir!

-Ok, madame, paso las fotos de la cámara y le quito la batería y ya las revelaré otro día.

-¿Chula la casa a la que habéis ido?




-¡Joder Cuello! ¡Un billar! Enseguida Julius se abalanzó con su cámara a inmortalizar el objeto de sus deseos. Habíamos entrado por la cocina, y pronto nos separamos cada uno por su lado, tampoco era muy grande la casa y si alguno tenia mala suerte y le caía algo, nos enteraríamos. Rápidamente me llamó la atención la colección de botellas vacías perfectamente alineadas en una despensa, y me dejé llevar, mis dedos ajustaban la exposición automáticamente, sin pensar, mientras mi mente jugaba con los objetos, una habitación, otra, otra, me sentía un poco alejado de esta realidad, como transportado en suaves cojines que de un lugar a otro me transportaban, parando cada momento para escuchar el dulce y erótico sonido del disparo de mi réflex. En un cuarto me saludó un rostro en blanco y negro que presidia la cabecera de la cama, como testigo de su preeminencia de otros tiempos, aunque arrinconado en la esquina de la habitación, como si hubiera ganado una batalla con otros retratos hoy desaparecidos y su lugar natural fuera la esquina. Y sillas, tal vez demasiadas, para la quietud de la mansión. Siempre he tenido predilección por ellas, es fácil imaginárselas con gente, cómodamente sentada, tal vez riendo, o comiendo una hogaza de pan o leyendo algún libro.




Y habitaciones en penumbra, donde una mesa desdibujada por un rayo de luz me hablaba de sombras que no se quieren ir, del silencio,de una jarra vacía que me cuenta cosas de otros tiempos más felices. Y así fue transcurriendo lentamente el tiempo, me cruzaba con mis compañeros, pero no los veía, más que verlos los sentía, aunque al final fue el frio lo que me obligó a “volver”. Martinelli salía de la casa en el momento en que yo me debatía en mi último encuadre, la escalera vista desde el frente, por un instante, me pareció ver algo, un reflejo en la parte de la izquierda a mitad altura, bueno allí no había nadie, a no ser que el frio fuera “alguien” Mientras recogía me entraron unas ganas frenéticas de salir, de huir, de estar con mis amigos protegido junto a ellos. Absurdos e inquietantes pensamientos me asaltaban mientras daba por hecho que afuera estarían esperándome y con ellos una tormenta que nos había pisado los talones todo el viaje y que habría tenido tiempo de atraparnos.




-¡No me tardes , Cuello, por favor te lo pido, que andas medio resfriado!

-¡Nooo! Dame cinco minutos, quito la batería y guardo la cámara.

Encendí el ordenador, y mientras arrancaba me obligué a colocarme mejor el batín, después de la cena y un ibuprofeno me sentía bien, francamente bien. Zumbidos y el eterno arranque de Windows me sacó de mis pensamientos, cinco minutos más y a dormir. Coloqué a la cámara el cable para poder descargar las fotos y mientras realizaba el ordenador su sagrado deber, volví a aquella mano de la ducha, jeje, que afortunado era, tenia una mujer maravillosa a mi lado, un buen trabajo y amigos con los que disfrutar de mi tiempo libre . De repente volví a sentir un frio en los huesos, pensé que alguna ventana habríamos dejado abierta, aunque ya me daba igual, terminaría de descargar las fotos y me sumergiría entre las sábanas.



El pitido del ordenador me avisó, las revisaría rápidamente y a dormir, no pensaba que saliera ninguna buena, pero hasta que no las ves, no te das por vencido. Una a una fueron pasando ante mis ojos mis fotos, siempre con el corazón en un puño pensando que quizás la siguiente seria buena: la cocina, una habitación, otra habitación, el billar de al lado de la escalera..., de repente, la vi, sabia que no podía ser, que no era un reflejo caprichoso de la luz o un efecto del cansancio mezclado con el vino, ahí estaba, en medio del lado izquierdo de la escalera, desafiante, una mujer morena con el pelo largo suelto y cayéndole por los hombros, de ojos negros y unos 20 años, atractiva, vestía un vestido de color verde pasado de moda, llevaba un collar de azabache adornando su delgado cuello y en su mano izquierda sostenía un sombrero, también verde y arrugado que hacia juego con su vestido, descalza, y en su rostro una sonrisa demoníaca que me heló la sangre. ¡No podía ser! ¡No tendría que estar en la foto!, que irreal me parecía todo, no podía, no quería seguir mirándola. Casi enseguida continué como sonámbulo, aturdido, con el corazón bruscamente lanzado al galope, mientras repasaba las demás fotos. Nada, todo normal en las siguientes fotos. No quería pensar en lo que acababa de ver, mientras, me obligaba a revisar racionalmente una a una hasta el final, pero tenia que dar toda la vuelta a las fotos y volver al principio para verla de nuevo, para cerciorarme que no estaba, que me había equivocado, que mi cordura no se estaba deslizando como el agua precipitándose por un desagüe en un viaje sin retorno. En seguida pensé en mandar un whatsapp a mis amigos para advertirles, ¿no se? para que me confirmaran que también ellos, la veían, la habían fotografiado, lo que fuera..., el primero en contestar, como siempre, fue Astonio, que él no había ni fotografiado la escalera, los demás ni señales de vida, ¡mierda!, mientras tanto lentamente e inexorablemente se iba acercando la maldita foto, la jodida puta foto, una foto más, otra, otra foto más, a la par, mi sensación de frio iba en aumento y un sudor febril inundaba mi frente. 

Mientras tanto, la olvidada tormenta daba sus últimos coletazos, como queriendo formar parte de la escena reclamando mi atención en forma de truenos, de repente la luz se apagó, justamente en el momento preciso de aparecer la “foto,” y la risa campeó a lo largo y ancho de mi rostro, como victorioso caballero en dura justa contra un formidable y admirable enemigo ,creí, sentir mi victoria, y mi júbilo se desbordó ¡No estaba, jajajá,! pues claro, no podía ser, mi cansancio y mi mente me habían jugado una mala pasada, en la foto no aparecía nadie. ¡Nadie! De repente sentí otra vez una mano en mi hombro, quieta pero que se agarraba con decisión, pensé, Rebeca ha venido a buscarme un poco enojada, ya llevaba más de cinco minutos y tiérnamente había venido a por mi, como en la ducha, luego el último relámpago de mi última tormenta descubrió mi error y con el tiempo que tardó en desaparecer, mi vida entera se consumió también.




Martinelli regresaba a casa de sus padres, esa noche andaba distraído por las desiertas calles, la fina lluvia ya no le acompañaba, había oído el whatsapp pero no lo quería mirar hasta llegar. Iba pensando en ver las fotos antes de acostarse y en quitar la batería a la cámara, entonces tendría tiempo para el mensaje. Entró y la casa le saludó con la más absoluta oscuridad y a tientas llegó a su cuarto, se desnudó y encendió el ordenador de forma mecánica, cinco minutos más y a dormir pensó. De pronto se acordó del mensaje y cogió el móvil..., "¡Mirad las fotos de la escalera que tengáis y decirme si veis algo raro!": Cuello.
¿Algo raro? no se podía imaginar a que se referiría, todo el viaje había sido raro, eso sí, siempre con un presentimiento, con un nudo en el estómago que le había impedido disfrutar de la salida, no había conseguido relajarse como en otras ocasiones que habían salido a fotografiar lugares abandonados. La búsqueda de curro y todos los problemas de dinero estaban haciendo mella en él, pensaba. El pitido del ordenador le avisó que las fotos ya estaban descargadas. Se dispuso a revisarlas, una, otra, otra..., ¡Qué cabrón el Cuello! ¿Cómo lo había hecho?, meditó unos instantes, mientras luchaba contra el sueño, y no recordó que saliera en ninguna de sus fotos y ahí estaba, justo en el lado izquierdo de la escalera, a media altura, y vaya sonrisa tenia, daba miedo ¿Y cómo se había atrevido a coger ese arrugado sombrero verde? Él jamás tocaba nada de nada, se preguntó mientras un trueno le anunció. que la tormenta cobraba nuevamente vida.





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lunes, 15 de abril de 2013

Inevitable.


Inevitable.

Fotografía: Jordi Coll Martínez.
TextosJorge San Segundo Madoz.




Dmitri Mendeléiev a parte de ser ruso, era un amante de la química. O un curioso. O bien ambas cosas. Y durante toda su vida tuvo ante sus ojos un problema. Un problema importante de hecho.




Miraba a su alrededor, detenidamente y con atención, escudriñando cada rincón, observando de que estaba hecho todo lo que rodeaba y veía diminutos y juguetones átomos de diferentes elementos enlazados entre sí que invadían todas las superficies. Sabía que estaban ahí, aunque no conociera el nombre de todos y le molestaban lo suficiente para que una extraña sensación le invadiera todos los días.
Ese tipo de sensación que no te deja dormir tranquilo por las noches.
Quería poner orden en el desorden.




La naturaleza tiende al caos, al desorden más absoluto. Existe una función en Química, llamada "Entropía" que “trata” de explicarlo, algo así como intentar medir el orden y el desorden en la organización de los sistemas. Una locura.
Dmitri no quería indagar tan a fondo en aquellas cosas acabadas en –ía (como "Entalpía"), pero quería luchar contra aquel caos premeditado y molesto.




Así que se centró en crear una posible ordenación de los elementos (esos pequeños átomos que le atormentaban), para poder plasmarlo en papel. Lo que hoy conocemos como "Tabla periódica de los elementos". Eso si, no le quitemos mérito a Newlands, que también lo intentó aunque sin la genialidad del ruso.




Mendeléiev entendía que todo aquello tenía un porqué, los extraterrestres que crearon todo esto o la coincidencia, no hicieron esto al azar. Todo debía cuadrar, para que el mundo funcionara. Así que intentó ordenar todos los elementos conocidos en la época en una tabla lógica y perfecta para al final poder respirar tranquilo y poder descansar por las frías noches.




Pero encontró varios problemas...y los que no encontró directamente de frente, supuso que estarían allí en el futuro.
El primero de ellos fue que su ordenación se basó en juntar elementos con propiedades similares, lo que a su vez encajaba con un orden lógico de aumento de la masa . Es decir, al ruso le gustaba juntar naranjas con mandarinas en vez de juntar a naranjas con melocotones. Y acertó, ya que para que todo encajara, el orden debía ser por propiedades.
El segundo gran problema lo solucionó dejando espacios libres donde él consideraba que faltaba un elemento aún no descubierto, para seguir el orden lógico de las cosas. Así la tabla primeriza aunque inconclusa, sobreviviría en el tiempo cuando se descubrieran esos elementos granujas. 




Porque la magia de la naturaleza decidió diferenciar cada elemento del otro en tan solo 1 electrón. Y ese orden ascendente de electrones, desde el 1 hasta…hasta donde queramos llegar, es la solución al orden de la tabla periódica. Encajando a la perfección con las intuiciones del ruso.




Ah!, pero hemos comentado antes que la naturaleza tiende al caos. No todo iba a ser tan fácil, de hecho nunca nada será fácil en la Química.
Poco a poco se fueron descubriendo el resto de elementos, cada uno como piezas de un puzzle encontraban su lugar en la inacabada tabla de Dmitri, excepto los Gases Nobles. Malditos bastardos. Señoritos de buena cuna a los que nos les gustaba juntarse con el resto. El Neón, Argón y compañía parecían desafiar a las predicciones del ruso, con sus 8 electrones en su capa de valencia, no necesitaban a ningún otro elemento para juntarse y formar compuesto estables. Así que hasta que se les asignó el palco vip en la tabla periódica no estuvieron contentos. Para ello, nació el llamado grupo cero (18 en la actualidad) en una esquina de la tabla, observando todo pero sin interferir.
Y los actínidos y los lantánidos… como el típico amigo que nunca está a gusto y le gusta protestar para llamar la atención. Radioactivos y artificiales, sin lugar en la tabla, necesitaron sus dos propias filas por debajo para no romper la completa armonía.




Así que pasado el tiempo nos ha quedado una tabla periódica que llega oficialmente hasta el número 118, pero con 114 elementos a día de hoy (con dos huecos en el lugar 113 y 115, además del 117 y 118, aún por confirmar su descubrimiento), todos estos últimos creados artificialmente. Dmitri se revuelve en su tumba viendo como nunca se consigue cerrar su gran proyecto.




Ya dijimos que esto nunca sería fácil. La tabla nunca estará acabada.
Cada día miles de químicos locos en sus laboratorios investigan, juegan a ser dioses y “crean” nuevos elementos. Por ello la tabla sigue creciendo y por ello el caos que quiso impedir Mendeléiev es inevitable. Imparable.
La naturaleza tiende al caos, la química tiende al caos. Todo tiende al caos y todo lo creado, se destruye. 


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lunes, 1 de abril de 2013

No puedo.


No puedo.

Fotografía: Jordi Coll Martínez.
Textos: Walter Buscarini.




Mi incapacidad congénita para tocar fondo. Eso me asusta. Es el quinto texto que empiezo para acompañar estas fotografías. Y, esta vez sí, será el definitivo.  




Me he saltado todos los plazos, me he disculpado de diversos modos, soy culpable de fracasar en el intento: he comparado esta fábrica con mi propio ser (donde cada una de las salas era un órgano vital de los míos, correspondiendo el corazón a la más mugrienta).  




Luego imaginé que las dependencias de esta fábrica eran salas de tortura en una residencia para artistas. Incluso lo intenté relacionar con la cooperación internacional (¿qué pasa cuando el financiador ejecuta un proyecto sin tener en cuenta los intereses de los supuestos beneficiarios? Que se abandona).




He hablado del futuro que nos aguarda; he desnudado mis sentimientos; les he buscado (a las fotos, digo) algún parangón con mis testículos; he asesinado abuelas en un asilo, y he plagiado párrafos enteros de la novela Cenital de Emilio Bueso (era tan clavado, casi perfecto, pero al final me pudo el pudor a hacerlo). Todo ha sido en vano.




He escrito el relato más breve de la historia universal de la literatura: Estoy llorando esperma.




Jordi, he intentado incluso escribir párrafos llenos de humor, alegres y dicharacheros (espero que me lo hubieses perdonado). He pasado noches insomnes con estas imágenes, que me encantan, por cierto; he aumentado mi dosis de drogadicción para poder aprehenderlas desde las intoxicadas cavernas de mis entrañas; he caminado entumecido hacia bares cercanos donde, con un trombón entre las manos, me he descubierto asustadizo al releer ciertos párrafos. He dejado la mayoría de frases sin terminar; adentrarme más ya me daba miedo.




He pedido consejo, he recuperado eslóganes de las carpetas de mi adolescencia ("la vida es una mierda y encima te mueres"), he seguido paso a paso las instrucciones encomendadas por los más sabios filósofos respecto a la decadencia del mundo moderno, ese que lleva años cayendo pero que resiste inclemente, seguramente porque sea el que mejor se adapte a la naturaleza humana: destructiva, competitiva, ambiciosa, tribal.




En definitiva, me ha interpelado la escritura a la hora de enfocar un texto que hable sobre abandono y decadencia sin que mis heridas me desangren. Y es que he visto vomitar al diablo en la entrada de un párking (esto no hace falta que se entienda).  




Tengo que asumirlo: no he podido desplomarme al fondo del pozo anímico al que me he visto arrastrado cada vez que he indagado sobre cuestiones de las que suelo despistarme por mi obstinación a construir hilarantes trincheras frente al dolor más mundano. Eso me asusta.  




Llamadme cobarde, pero ahora no puedo.


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viernes, 15 de marzo de 2013

Mistral de estética en las tripas.


Mistral de estética en las tripas.

Fotografía: Jordi Coll Martínez.
Textos: Esteban Hernández.




Hace algunos años, en un programilla de radio y televisión sobre lo paranormal hicieron un reportaje -audiovisual, uno más-, tenebroso y trepidante, de psicofonías y visión nocturna verdosa. Movimientos rápidos de cámara que… Uh… No, espera. No.

Así no.




Disculpa. Me iba a subir al carro del escritor, de ser escritor. Pero no. Llevo procrastinando escribir esto, este texto, mucho tiempo y me gustaría contar aquí algo sin literaturas ni mitos, hacerlo sin lugares comunes al menos, así que mejor no disfrazar esto de lo que no es.
Qué cosas. Aún desenmascarándome y empezando de veras hay quien dirá que me corrijo al empezar como lo haría media docena de veces Woody Allen.




Me lo recordaron las fotos. Había un psiquiátrico en Ciudad Real, un edificio que fue un desguace humano y fue abandonado. No era exactamente un frenopático. Era peor. Era un lugar donde tenían a gente afectada de cualquier síndrome crónico y agudo. Taras genéticas. Indiscriminadamente. En asilos de este tipo, hasta finales de los noventa metían, además, a esquizofrénicos, bipolares, autistas, drogodependientes y enfermos de alzheimer en el mismo saco. En particular no sé si este sitio era del todo algo así, pero en los centros de este tipo, estoy informado, estas mezclas era el pan nuestro de cada día. Entrar con una simple depresión aguda era salir bien jodido.




Podéis consultarlo. Lo contemporáneo de esta historia es que cuando el asilo estaba en marcha, a lo largo de la década de los noventa, un hilo de sucesivas iglesias quemadas, asesinatos, prácticas nazis y heavy metal extremo ocurría en noruega a cargo de un entorno joven, pagano y satanista.




En paralelo, con unos colegas allí donde me crié, en La Mancha, pasivo agresivamente asediados por nuestro entorno cristiano, opusino, con Nieztche y Lord Byron a la cabeza y a menudo del revés, rechazamos en bloque a Dios, a Cristo y viajábamos de ácido. Luego leí a Oscar Wilde tocando su propio fondo y me moderé, pero mientras tanto, hacíamos el bandarra contra la imaginería cristiana colocada aquí y allá en la ciudad.




El asunto es que lo de Satán echó raices en un colega a través de lo musical, cantó en un grupo local de Pagan Metal y lo petó en Europa. Debo explicar un par de cosas.
Primera: En los noventa, en mi entorno no había Internet EN ABSOLUTO. No sé cómo él dió con todo aquello. No perdáis de vista que mi colega era parte de en verdad, pese a quien le pese, el underground europeo. Era el rincón del rincón del rincón. Probablemente lo llevara en las tripas. Poca broma.
Segunda. Eh… vaya… lo siento. He perdido el hilo. Aguanta un momento, releo lo que llevo y me acuerdo. Voy.
Sí. La segunda es que del metal extremo no se puede vivir. No da para pagar facturas. Entonces aún menos. Era eso.




Mi colega había entendido el horror, el sinsentido, y eso le estimulaba. Inundado, replegado y pacífico, él era el relevo de lo sublime en lo romántico, de la modernidad –que no tendencia- de Baudelaire. Apenas hablaba. Él estaba en otra frecuencia y todos teníamos 18 años. Yo, entonces, en mi desorden prosaico tuve un malísimo viaje de LSD que me dejó fuera de combate durante lustros. Mi colega continuó, y allí, en un lugar de La Mancha, aquel Quijote generó con el tiempo un espejo en el que poder mirarse a distancia, y si no, una bendita regla pasiva con la que medirse.




Así, una pequeña caterva idiota de nuevos adoradores de Satán entraron al asilo aquel y empezaron a dibujar pentáculos, esvásticas, pollas, frases en latín y lo que les viniera en gana a lo largo de diez años.
Imaginaros el cuadro. Algo como en lo fotografiado, destruido, que además de la decadencia explicita que muestran las imágenes, ya ha sido el infierno con creces; el abandono de las máquinas de electroshock, de habitaciones acolchadas, de orinales, de juegos de mesa: todo, después, lamentablemente cubierto de imaginería satánica y nazi. Desvirtuado. Descafeinado. Allí, para entonces, en conjunto, sólo había resaca, nada de la voluptuosidad de lo pagano, o del satánico romanticón que era mi amigo cuando no estaba demasiado borracho. Ni arrebato, ni metafísica, ni estética.




Dos años después, de puro aburrimiento, nos colamos allí de noche y quemamos un colchón. Entonces andaba tomando antidepresivos. Como veis, se pueden complicar las cosas. Al entrar me clavé algo en la planta del pié. Me atravesó la planta de la zapatilla. No le dije nada a nadie y cuando el humo del colchón empezó a ahogarnos salimos corriendo de allí.




Mi colega, sus palmeros, el edificio y todo lo demás se diluyó en el paso de los años. El broche de oro de esta historia consiste en que -ahora sí- hace poco, antes de demoler aquel edificio, en un programilla de radio y televisión sobre lo paranormal hicieron un reportaje, uno más, audiovisual, tenebroso y trepidante, de visión nocturna verdosa, movimientos de cámara y psicofonías que hablaba de la apariencia (idiota) de aquel entorno para asustar viejas y escandalizar jubilados.
El libreto de Medicina e Historia de una de las fotos, ese mismo fragmento del libro de Iniciación a la Psicología estaba allí. El mismo. Pero eso sólo es una anécdota. Me he acordado de todo lo demás y era más importante contártelo así que con una ficción afectada de literatura.


Más fotos de este lugar y de todas las demás entradas aquí.