miércoles, 25 de febrero de 2015

Transparentes.

Transparentes.

Fotografía: Jordi Coll Martínez.
Fotografía retocada: inesdelaisla


En esta ocasión la colaboradora para esta entrada ha decidido actuar sobre las mismas fotos. Así que podréis ver primero la original y después la retocada.


..........
..........
..........
..........
..........
..........
..........
..........
..........


Más fotos de este lugar y de todas las demás entradas aquí.

jueves, 29 de enero de 2015

Cada aquí y ahora.

Cada aquí y ahora.

Fotografía: Jordi Coll Martínez.
Texto: Esteban Hernández.



Tengo un colega que andurrea por los campos y la periferia de cualquier ciudad española buscando localizaciones para el diseño de producción de películas, publicidad o editoriales de moda. Googlea muy bien, tiene una paciencia infinita al teléfono y no le importa ir adonde sea a oler qué tal. Fue funcionario y se llama Elías. Empezó en esto por gusto y desde el principio le fue tan bien de pasta que intermitentemente quiso abandonar su plaza de conserje y dejar de ella, de sus horas muertas en el trabajo, se lamentaba, aquello de leer compulsivamente y estudiar idiomas.


En el contexto de éste escrito él ya había decidido tirarse a la piscina y estaba gestionando su excedencia. Tomando un café en su casa, mirando unos fanzines letones que le había traído de Bilbao me enseño, otra vez, nuevos emplazamientos. Se centró en el que veis. Todas las imágenes, como de normal, estaban impresas en la excelencia y solo una de ellas tenía un soporte rígido. Estaba sobre una tablilla de contrachapado que olía a meado de gato.


Me preguntó si las fotos me parecían menores. Todas tus fotografías, contesté, son tan buenas en su motivo como en su técnica. Estas también. Mi buen amigo me aseguró que esta vez eran infinitamente mejores porque hubo un añadido en la ejecución. No es de esto de lo que quiero hablarte, dijo, pero ¿si las Meninas, exactamente igual de excelsas, hubieran sido pintadas sobre una pelota de circo, en equilibro, sería todavía mejor cuadro? Yo no supe qué decir de golpe, pero él contestó por mí asegurando definitivamente que sí. No tenía ninguna duda. Estas fotos que ves, siguió, todas, están realizadas en lo adverso y ni daba explicaciones ni se bajaba de la burra. Le intenté explicar sobre la marcha que bien lloviera y tronara, bien él estuviera herido disparando la cámara, ninguna épica le sumaba nada al trance del buen espectador sobrio. Técnicamente sí, pero el acabado de esta serie era el del resto de sus trabajos, así que consideré la pregunta una tontería y él, a su vez, como quien oye llover.


¿Puedes sacar ésta de la habitación? Huele muy fuerte a gato y me estoy mareando un poco. No, dijo. Ésta, precisamente, no. Mi abuela, le insistí, vivía en un caserón con un gran patio interior en el que se colaban decenas de gatos callejeros y este olor, de normal, no me resulta desagradable. Él miraba de muy cerca la foto y seguía sin hacer puto caso. Lo acre, probé a terminar de decir, a estas horas de sobremesa es especialmente molesto.
Déjame explicarte, me dijo, y se lanzó al sillón como un borracho.


Cuando estoy en sitios tan abandonados intento no dejar rastro pero esta vez, cerca de donde fotografié las revistas rancias, las has visto, había una pequeña despensa, y en ella, un armario destartalado del que asomaban tres botes pintura al oleo; y digo botes de 1 kilo, no tubos. Un azul ultramar y dos cadmios medios: amarillo y rojo. También encontré algunos excedentes industriales de aceites de trementina y linaza que aunque espesos, tenían buen aspecto. Además, allí había unas cinco botellitas de aguarrás de plástico muy quebradizo. Me guió el olor. Cuando llego a alguna localización tan derruida voy con mil ojos. Si voy solo como de costumbre me juego hasta la vida en cuanto a que si me pego una buena hostia y me rompo algo no me encontrarían en meses. Ya sabes que soy discreto con mis rutas. Efectivamente, por acomodarme un poco con la cámara pisé mal y el armario donde estaba el material de pintura se cayó al suelo. Éste, después del susto, ya bocabajo y como si sangrara, dejaba salir el liquido de todo lo que guardaba. Me chequeé y ni un rasguño, pero aquello fue un cubo de agua fría y me sacó de mis casillas. Estaba medio acabando, la verdad, así que decidí recoger e irme.


Cuando tenia todo listo y me estaba marchando, de un lado del armario, alrededor de todo lo salpicado por la pintura, estaba esta tabla de contrachapado tal y como la ves. No pongas esa cara. Esto ni sé porqué te lo cuento. A ver dónde acabas, le dije; sigue. Bueno, contestó, te lo suelto a quemarropa y si quieres te lo crees y si no nos sentamos en una terraza. No tiene tanta importancia.


Hay una probabilidad muy pero que muy pequeña de que, por azar, si lanzo por un barranco un bloque enorme de mármol de Carrara, al final de la caida llegue una reproducción exacta de La piedad de Miguel Ángel.
A mi, de puro asombro me nació una carcajada. Cuando razonando me relamí de aquello le reconocí a Elías que aunque la probabilidad era insignificante, podría pasar.
Esta tablita que tanto te huele a meados es lo mismo, sólo que se anticipó. Cuando revelé los negativos, una de las fotos que hice era la misma imagen. Esta:


Elías fue a por el negativo de la foto y a por la primera copia en papel que hizo. Estuvimos cotejando aquello. Me estas tomando el pelo, pregunté. No y no, y me miro muy fuerte a los ojos unos instantes. Tengo que comprar hilo dental en la farmacia, dijo. Y de camino me explicó que aquello lo entendía en tanto a que de entre todas las posibles circunstancias de orden biológico, planetario o cósmico, de todas las combinaciones posibles en el tiempo y en el espacio, estamos aquí y ahora diciendo “aquí y ahora”, y la probabilidad de que esto tenga lugar, en esta calle camino a donde sea, repitiendo, por ejemplo, “aquí y ahora” y no otra cosa, es el mismo azar en el mismo grado de improbabilidad. Llegamos a la farmacia, compró el hilo dental y allí mismo, después de pagarlo, se fue a un rincón y lo usó. Espera, no mires.


Al salir continuó. Cabe la posibilidad de que, como le leí a Huizenga en un cómic, en vista de que la materia es finita, es posible que en su cronología inabarcable, todas las combinaciones moleculares se hayan agotado y estemos repitiendo todo esto. Todo. Desde el orden de este mismo razonamiento hasta la disposición de todos coches que alcanzo a ver en movimiento. Todo lo casual en cada ahora para cada uno de nosotros.


Sonó su teléfono. Habló con su madre, que estaba un poco preocupada, y el pulso de la charla quedó en nada. No tomamos otro café pero al separarnos, en agradecimiento, le di un abrazo que mantuve firme un instante.
El lo notó y me dío las buenas tardes en vez de despedirse.

Más fotos de este lugar y de todas las demás entradas aquí.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Pantallazo negro.

Pantallazo negro.

Fotografía: Jordi Coll Martínez.
Texto: Epo.




Cada vez voy menos al cine y veo más películas. Antes, para ver películas tenías que ir al cine. Cuando  se inventó la televisión hubo agoreros que dijeron que era el final del cine. Es cierto que se cerraron muchas salas porque hubo gente que prefería quedarse en casa, viendo las películas en la tele. Décadas más tarde pasó algo parecido con la popularización del vídeo doméstico: cerraron un montón de salas y abrieron un montón de videoclubs. 




La sala en ruinas del reportaje seguramente cerró por aquella época. En una de las fotos se ve una lista con la oferta de la distribuidora JF (¿José Frade?) para la temporada 1979-1980. Casi todo son pelis italianas con Alvaro Vitali ("Jaimito") y Edwige Fenech. Aquello era la época del destape, y la gente tenía ganas de cachondeo. Durante un tiempo, esas comedietas llenaron las salas. Su equivalente patrio fueron las ozoradas con Esteso y Pajares. Pero progresivamente la fórmula [humor zafio] + [tetas y culos] se fue agotando, al tiempo que se regularizó la pornografía en el cine, primero con la clasificación S y luego con la X. Y claro, ahí  el vídeo doméstico tenía las de ganar. La mayoría de la gente prefiere masturbarse en la intimidad.




Recuerdo ver alguna peli de destape en el pueblo, en la terraza de verano. Supuestamente era para mayores de 18 años, pero yo no tendría más de 15, y no era ni mucho menos el espectador más joven. Salía Nadiuska, y cada aparición suya se veía jaleada por los sectores más expansivos y participativos del público. Allí llegaban las películas con meses o años de retraso, con el celuloide ya bastante machacado, con cortes y rayas, pero a la gente le daba igual. Lo bueno era ver dos pelis a la fresca, sentados en sillas de cámping o tumbonas, con el bocata o la fiambrera, y socializar a grito pelado. Si la peli era de miedo tenías que gritar. Si era de aventuras o del oeste, tenías que animar al héroe. Si era de destape, tenías que comentar lo buena que estaba la jamona. (Hay que reconocer que una Nadiuska de 4 metros impresionaba). Quedarse callado se hubiera interpretado como un esnobismo capitalino  imperdonable. Así que, para no llamar la atención, al menos tenías que reír las gracietas de los lugareños.




Esa vertiente social del cine, o mejor, mi misantropía, es la que ha hecho que abandone las salas. No me apetece mezclarme con la gente, comentar las escenas ni soportar a los graciosos. Sospecho que a los adolescentes que llenan los multicines las pelis les dan bastante igual, y lo que buscan es alternar. Antiguamente aprovechabas la oscuridad para meter mano, pero de eso me parece que también van sobrados. Ahora acuden para comprar refrescos y palomitas a precio de champán y caviar. Supongo que eso les proporciona cierto estatus de cara a su grupo de iguales.




Pero no sólo han cambiado las costumbres. La tecnología ha sufrido una progresión brutal. En una de las fotos se ve un proyector clásico, con los rollos de película enormes. Prácticamente ese mismo sistema óptico-mecánico se mantuvo desde los inicios del cine hasta la reciente digitalización actual: más de 100 años con una tecnología que apenas evolucionó en todo ese tiempo. Para completar el retrato arqueológico analógico, un tocadiscos que serviría para los minutos musicales previos a las proyecciones y durante los intermedios. Extrañamente, los discos de vinilo todavía gozan de cierta reputación entre hipsters y otros enteradillos. Postureo.




Los rollos de celuloide eran grandes, pesados, caros y delicados. Por eso a los cines de barrio y de verano llegaban las películas destrozadas, después de semanas o meses de exhibición en las salas de estreno. Ahora ya casi no se proyecta en celuloide, pero tampoco hay apenas cines de reestreno, y eso que todo es técnicamente más fácil. La digitalización ha abaratado muchísimo la distribución física de las películas (en algunos casos, ésta se hace telemáticamente, así que ni siquiera hay que transportar los discos duros que sirven para almacenarlas), y sin embargo no se puede decir que la oferta cinematográfica en salas se haya beneficiado de mayor variedad. 




¿Qué ha pasado? Que nos han vuelto a tomar el pelo. La tecnología, tanto de captación (cámaras) como de exhibición se ha abaratado, pero lejos de democratizarse, la distribución está en manos de unas pocas corporaciones que dictan qué, cuándo y cómo tenemos que ver. El tránsito de celeluloide a digital, a pesar de resultar muy conveniente para las majors, ha supuesto un encarecimiento de las entradas. Lo mismo puede decirse de la moda del 3D, aunque creo que ahí no han triunfado. ¿Conocéis a alguien que se haya comprado una tele para ver películas en 3D? 




En fin, que toda esta chapa de abuelo cebolleta era para contar que ya no voy al cine, pero que veo más películas que en la vida. Me descargo todo lo que puedo y me apetece, y esto no me provoca ningún remordimiento de conciencia. Lo hago porque puedo y porque me conviene. Me monto ciclos de cine raruno que sólo podrían existir en algunos festivales o filmotecas, pero lo hago en la comodidad de mi cuchitril, sin tener que salir a la calle, dándole al pause para mear o rebobinando si es que me he quedado traspuesto. Soy un hikikomori cinéfago y me enorgullezco de ello.




La crisis del cine español (y del europeo, y de todo el cine quejica) me la trae al pairo. Aunque se cortara hoy toda la producción cinematográfica mundial, aún me quedarían miles (¿millones?) de películas por ver. Además, eso no va a pasar: están las series, y el cine independiente, y todos los artistas que no pueden quedarse quietos aunque no saquen un duro. 




La visión de las ruinas de una antigua sala de cine no me produce demasiada nostalgia. No más que la de una antigua biblioteca. Antes era más trastero, más fetichista, pero como me hago viejo y tengo miedo de desarrollar el síndrome de Diógenes, procuro no acumular. Hace poco me deshice de un montón de libros y cintas de vídeo. Lo siguiente serán los discos. Y las pelis (casi todas) las borro después de verlas. ¡Viva el cine! ¡Viva la vida!


Más fotos de este lugar y de todas las demás entradas aquí.

sábado, 1 de noviembre de 2014

El código LEM.

El código LEM.


Fotografía: Jordi Coll Martínez.
Texto: Javi Llorens Luna.




Todo estaba dispuesto de manera perfecta en un plan necesario y concienzudamente trazado. Era un proyecto regido por el mismo patrón que las recientes intervenciones realizadas en este planeta. Escogimos un país decadente y coyunturálmente perfecto para desarrollar lo que sería una nueva acción que nos acercaría a nuestro propósito final. Nada podía fallar. Suplantando a los personajes indicados y utilizando de manera encubierta nuestra eminente tecnología, conseguiríamos que todo evolucionara como habíamos previsto.




Empezamos provocando lo que denominamos “El alzamiento nacional” en el año 1936 y una posterior Guerra Civil. Desde ese momento, el trabajo en este país había sido duro pero gratificante. La uniformidad en el pensamiento, la aparente nacionalización de las empresas, el absoluto exterminio de la idea, de la crítica, de la duda. Esa era la línea trazada para la correcta colonización según el “Código LEM para el sometimiento malintencionado de especies inferiores.”




Utilizamos al ejército, garante y defensor de las esencias patrias, pues era la herramienta que necesitábamos para contener cualquier indicio que cuestionara, de manera subversiva, nuestro adoctrinamiento. La iglesia y el sistema educativo se encargaron de la absoluta programación de las generaciones posteriores. Conseguimos borrar de raíz cualquier recuerdo positivo del anterior sistema repleto de pensamientos libertarios y sediciosos. Un nuevo ser humano habitaba en la denominada, península ibérica. Hombres y mujeres cobijados a la sombra de una bandera, de esa bandera que hicimos nuestra. Sí, nosotros. La “Asociación interplanetaria de colonización de especies supuestamente inteligentes”.




Por desgracia, nuestro plan tenía una pequeña imperfección que debíamos subsanar. El sistema estaba asentado de manera equivocada. Personificado en un humano cuya duración sabíamos que era limitada. Un espécimen simple al que había sido sencillo modificar y al que hicimos llamar “El Caudillo”.
Teníamos que pensar en una sucesión segura y reforzar el patriotismo; para ello nos aprovechamos de la coyuntura política mundial que nosotros mismos habíamos establecido. La división del mundo en dos pensamientos políticos. El eje comunista, en este caso, sería nuestro objetivo. Debíamos causar una confrontación. El plan era sencillo. Fingiríamos un ataque. Ya lo habíamos hecho en otras ocasiones. Ellos serían los culpables. Nada debería haber fallado.




Utilizamos como centro de operaciones una escondida central térmica de la provincia de Teruel. Allí desplazamos a cuatrocientos operarios de la empresa automovilística Seat, además de a quince ingenieros aeroespaciales de Burgos. Comenzamos a construir una réplica del misil balístico intercontinental Р-7 "Семёрка". Para ello utilizaríamos una resistente aleación de metales creados en los altos hornos de Vizcaya y material radioactivo sustraído de unas secretas instalaciones militares Rusas. 




El trabajo de construcción del misil estaba supervisado por Wernher von Braun y por Don José María Otero de Navascués, mentes distinguidas y hábilmente engañadas para desarrollar el proyecto. Por fin, tras dos años de duro trabajo, desarrollamos un misil balístico con cabeza termonuclear. Un misil que destruiría una ancestral ciudad española llamada Toledo. Antigua capital, crisol de culturas y paradigma de ciertas singularidades patrias. Los comunistas serían los culpables. La población estaría con el régimen y nuestro plan de dominación funcionaría como en Italia, Alemania, Rusia y Estados Unidos. 




Casi todas las piezas estaban ya en su lugar. La nación, unida frente al dolor, se posicionaría del lado de nuestro pensamiento. El régimen estaría fortalecido por largo tiempo y nuestro plan, daría un paso más. Nuestro propósito era simple: Paulatina colonización, experimentación, explotación de recursos planetarios y deportación a planetas de la línea superior de los mejores ejemplares humanos para su crianza y comercialización como alimento. La experiencia nos había demostrado que la mejor manera de someter a las especies racionales era polarizar su pensamiento.




Pero cometimos un grave error. Hubo una pequeña fisura. Algo que no tuvimos en cuenta. Una minucia que consiguió cambiar la historia de este planeta. Una insignificancia desdentada y hambrienta que habitaba escondida en las montañas. Que vestía pantalón de pana y alpargatas de esparto, que luchó en la guerra por sus ideas y perdió. Que nos observaba.
Los partisanos antifascistas derivados de la guerra civil, el Maquis, nos acechó hábilmente durante los dos años que duró la operación y trazó un plan para dinamitar la central, para sabotear nuestra jugada maestra. Curiosas criaturas los seres humanos. 




A diez días del lanzamiento del misil, de culminar nuestra operación, veintisiete cargas de dinamita hicieron explosión destruyendo totalmente nuestras instalaciones. Todos murieron a excepción de Don José María Otero de Navascués, que se hallaba en el retrete aquejado de una colitis aguda a consecuencia de la ingesta, por error, de las muestras de heces de Casimiro Giménez Carrillo, mecánico jefe de la sección de montaje.
Nuestra base de operaciones, el misil, nuestros elaborados planes. Todo voló por los aires.




El Caudillo murió años después, la historia fluyó durante un tiempo a su libre albedrío hasta que rehicimos nuestros planes y los adaptamos a la nueva situación. Hoy, la crisis económica global, las redes sociales, la tecnología anquilosante y la hiperinformación son las bases sobre las que se sustenta nuestro actual plan. El ser humano está siendo correctamente preparado para la invasión.
Actualmente, nuestras naves de captura y transporte vuelven a estar preparadas para someter a la humanidad.


Más fotos de este lugar y de todas las demás entradas aquí.