martes, 15 de enero de 2013

La pantomima.


La pantomima.

Fotografía: Jordi Coll Martínez.
Textos: Toni García Martorell.




Siempre me había preguntado qué era más ficticio, ¿el personaje que cada domingo tenía que representar sobre el escenario? ¿o aquél que todos y cada uno debíamos interpretar día tras día entre bambalinas? Una frase se alzaba tras el telón, como una lacerante cláusula que no hacía, sino, que odiásemos cada día un poco más, nuestra realidad como faranduleros, emisarios de sobreactuadas sensaciones a extraños, que no podían ver más allá de nuestros burdos y polvorientos disfraces dominicales; “Los sueños, sueños son”. Sí, la somnolencia se adueñaba de nosotros. Función tras función, con el whisky con hielo entre el primer y segundo acto, y antes del primero, y después del segundo.




Y tras cada función, allí no quedaba nada. Ni sueños, ni Calderón de la Barca, ni extraños. Sólo una vieja conocida; una botella vacía a la espera de compañía siete días más tarde.




“¿Cuándo serás famoso? Hijo”, repetía mi madre, día tras día, semana tras semana, función tras función, antes del primer acto, y después del segundo. “No lo sé, tal vez vaya a Madrid. Las ciudades necesitan actores.” Esa era mi respuesta, día tras día, función tras función y, bueno, ya sabéis, antes del primer acto, y... sí, después del segundo. Vaya, mi madre era la mejor espectadora que un actor podría tener. Cada domingo le representaba el mismo personaje, el de un hijo, actor, que decía, iba a buscarse la vida a la gran urbe. Pero claro, tras esta función no había aplausos, sólo silencio y conformidad.




La afluencia de público era cada vez menor, al revés de como debía haber sucedido, el patio de butacas se me antojaba cada vez más grande, más oscuro, más desolador, mucho más que cuando comencé a tomarme el teatro como una profesión. De hecho, en proporción, a medida que descendía el número de espectadores humanos, crecía el de las ratas, las cucarachas e insectos que esperaban expectantes el final de cada función para poder, así alimentarse de nuestros cochambrosos harapos.




Por nada del mundo hubiese dejado estas roñosas cuatro paredes, el lugar no tenía ningún encanto, pero yo, me había acomodado. Me gustaba representar a mis personajes con un aire decadente inherente a mi. Me sentía bien en un barco que hacía aguas y, en el que nadie iba a hacer nada por evitarlo.




Fue entonces cuando nos comunicaron la noticia, el único espectador que quedaba en el maldito pueblo, había fallecido tras arrojarse a la vía de un tren que ni siquiera hacía escala en la aldea. Qué inútil, ¿nadie le supo explicar que para viajar en la ruidosa máquina, sólo tenía que entrar por la carcomida puerta? ¿No arrojarse ante ella? Nunca fue muy astuto, ¿o tal vez sí?




Un cartel de cerrado anunciaba que jamás abriría de nuevo sus puertas el viejo teatro, pero no estaba dispuesto a dejar que las ratas y las cucarachas se saliesen con la suya, y mucho menos, iba a dejar una adicción más vieja si cabe, que mi afición a sodomizar las entrañas de unos ficticios personajes que ya nadie que quería escuchar. La de cincuenta mililitros de malta seca.




Pero, ya se sabe cómo funciona esto en los pueblos pequeños. El teatro era la herencia de un ostentoso terrateniente que se lo había dejado a un caprichoso primogénito que ni siquiera vivía en la aldea, jamás escuchó nada del teatro, ni, por supuesto, quería escuchar. Para él, simplemente no existía.




Mi odio hacia tan despreciable ser, se acentuaba cuanto menor era la cantidad de alcohol que corría por mis venas, pero eso sólo tenía una solución, me había acomodado a tan lúgubre lugar, y me lo habían arrebatado. No podía consentirlo.




“¿Cuándo serás famoso? Hijo”
Cuando encuentren el cadáver, madre.


Más fotos de este lugar y de todas las demás entradas aquí.

9 comentarios:

  1. Son alucinantes las fotos. ¿Podríais informar de la ubicación de estos lugares? Gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Z. Lamentablemente no te puedo dar esa información, como tu ya sabrás.

      Eliminar
  2. Hola! Acabo de conocer tu blog y me gusta mucho; tienes nueva seguidora y también he puesto un enlace en mi blog sobre abandonos; que es "Los Sitios de Nadie"
    ¡¡Sañudos desde Lanzarote; otra amante de lugares abandonados ^^

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Ale. Voy a hacer lo mismo con tu blog (ya me he pasado por él alguna vez ;-) ).

      Eliminar
    2. De nada Jordi!!! Gracias a ti, saludos!! :) Y me pasaré por aquí a menudo

      Eliminar
  3. Cuantísimos recuerdos guardo de este lugar!! Genial el reportaje y la historia currada currada.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias. Y gracias de parte de Toni también.

      Eliminar
  4. A mi también me trae bastantes recuerdos, fue la primera quedada a la que asistí con gente de un foto sobre esta temática que tanto nos gusta. A pesar de estar un poco destrozado el lugar perece que no ha ido a peor en estos años. Las fotos geniales también y otro seguidor que se te une. saludos.

    ResponderEliminar
  5. Muchas gracias amiguito. Yo también soy seguidor tuyo. ;-)

    ResponderEliminar